Por: Psicóloga Sofía Flórez
Una de las principales preguntas que le planteo a mis consultantes en la primera entrevista de un proceso de psicoterapia es “¿Cómo estás durmiendo?”. Usualmente este tipo de preguntas, que en principio suenan a temas de chequeo rutinario, se responden de manera breve: “bien”, “mmm más o menos, a veces me cuesta levantarme” o “pues normal, ni tan bien, ni tan mal”; además, los consultantes suelen mirarme con cierta extrañeza cuando les hago esta pregunta, curiosos por entender qué relevancia puede tener para su motivo de consulta, que rara vez tiene que ver con dificultades para dormir (aunque a veces ocurre). Sin embargo, inmediatamente yo me encargo de explicarles que la relación que tiene una persona con su propio sueño nos dice más de ella de lo que uno cotidianamente podría llegar a pensar.
Comúnmente, se piensa el sueño como una función fisiológica fundamental, y es que así lo es. Nuestro ciclo del sueño, que dura noventa minutos, se divide en dos fases: el sueño no MOR (REM, en inglés) y el sueño MOR. La sigla MOR se refiere a Movimientos Oculares Rápidos, que es lo que ocurre con nuestros ojos mientras estamos en esta fase. La primera fase es el sueño No-MOR, que dura idealmente 45 minutos y es en la que nuestro cerebro comienza a producir ondas cada vez más lentas para llevarnos eventualmente al sueño profundo, determinante para la conciliación del sueño duradero y para fomentar un descanso adecuado haciendo que nuestro sistema nervioso pueda hacer su trabajo adecuadamente mientras dormimos. Durante la segunda fase de 45 minutos, la fase MOR, nuestro sistema nervioso se encarga de que nuestro cuerpo haga un proceso de reparación de los tejidos de nuestros músculos, así como también aquellas cosas que percibimos y aprendimos se consolidan, se solidifican los procesos de recordación y es el momento en el que soñamos.
Ahora bien, este último punto es fundamental, ya que la función de los sueños es algo que en muchos campos continúa siendo un misterio. Gracias a la literatura sobre la época clásica y la mitología griega, sabemos que los sueños han sido un punto de curiosidad para los seres humanos desde tiempo atrás. Los griegos interpretaban los sueños como mensajes de los dioses. Incluso, Antifonte de Atenas, filósofo griego, seguidor de Sócrates, fue de las primeras personas en abrirse campo en el estudio de los sueños. Tenía una práctica en la cual pedía a las personas que le contaran sobre sus sueños, para interpretarlos como señales de algún tipo de malestar emocional. Desde ese entonces, artistas, poetas, literatos y filósofos han atribuido a los sueños diferentes sentidos.
En 1900 Sigmund Freud publica su libro “La interpretación de los sueños”, revolucionando su manera de ejercer la práctica clínica. Como parte del proceso de psicoanálisis, Freud pedía a sus pacientes que le contaran sus sueños, ya que encontraba que estos eran manifestaciones de aquellos contenidos inconscientes que habitaban en la mente de cada ser humano. Por esto, era imprescindible para Freud (1900) saber interpretar estos sueños, darles sentido, y utilizarlos a favor del análisis y de aliviar el malestar del paciente, comprendiendo sus más grandes angustias y deseos.
Más adelante, Wilfred Bion, psicoanalista inglés, en los años 60 agregaría que los sueños no son importantes solamente por su contenido, sino por la experiencia emocional que le proporcionan a la persona. Así, cuando Bion (1962) indagaba por los sueños de sus pacientes, hacía mucho énfasis en el componente afectivo del sueño, entendiendo que por más de que el contenido del sueño no fuera “real”, la experiencia emocional de este es tan real para el cuerpo como las angustias que se experimentan en la vigilia. Es por esto por lo que los niños viven los sueños y las pesadillas como experiencias reales.
Desde una perspectiva psicoanalítica del desarrollo, podemos pensar el sueño como una manera de conectarnos con el mundo interno, y de progresivamente ir fortaleciendo el vínculo con nuestro contenido inconsciente, es decir, aquellas cosas que pasan por el cuerpo, pero que aún no podemos pensar.
Hay consultantes que me dicen “doctora, yo no sueño” a lo que yo les respondo “¿no sueñas o no recuerdas?”, porque creo fielmente que entre más nos conectamos con el mundo interno en terapia, nuestra producción onírica se fortalece y se enriquece, así como su recordación y los sueños se pueden convertir en un recurso para continuar conociendo nuestro mundo emocional.
En conclusión, el estudio del sueño y de los sueños en la práctica clínica no se trata de un asunto místico, de una manera de “descifrar un misterio oculto” de la vida, ni de profetizar situaciones o experiencias que nos van a suceder en el futuro. Se trata de comprender qué sentido les dan las personas a sus propias vivencias, a esos contenidos oníricos que parecen carecer sentido mismo, y cómo comprenden esas experiencias emocionales tan intensas como pueden ser los sueños. La relación con el sueño, con el dormir, el despertar y el soñar nos comunica con nuestro cuerpo, nos indica cómo estamos asimilando estos procesos y nos ayuda a expandir el saber que tenemos sobre nosotros mismos.
Referencias:
Freud, S. (1900). La interpretación de los sueños (J. Strachey, Ed.; L. López-Ballesteros y de Torres, Trad.). Amorrortu Editores.
Bion, W. R. (1962). Aprendiendo de la experiencia (M. del C. García, Trad.). Editorial Paidós.